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Ana y Roberto acaban de volver de Mombasa, en Kenia. Un viaje de novios no se hace todos los días, por lo que tenían claro que habían de vivirlo como una aventura excitante, una experiencia inolvidable.

A Mombasa, la ciudad de mayor atracción turística de la costa de Kenia, llegaron Ana y Roberto a principios de junio. Son los días en que la temporada de lluvias está tocando a su fin. Sin embargo, un fuerte -y romántico- aguacero los recibió en el Aeropuerto Internacional Moi.

foto de la costa de kenia

Costa de Kenia – Mombassa

Viajaban con solo dos maletas, el equipaje justo. La maleta grande, que era un regalo de la hermana de Roberto, había viajado facturada en la bodega el avión. Durante el vuelo, la pareja especuló con la terrible pero no improbable posibilidad de perderla. ¡Qué descanso sintieron cuando la vieron salir por la cinta transportadora! La otra era una maleta de cabina. Ya habían viajado con ella a varios destinos de líneas low cost, tipo Ryanair, y se había revelado como el equipaje idóneo para subir junto a ellos, tanto por las medidas como por su ligereza, sus correas de embalaje y el trolley que les había permitido arrastrarla con facilidad por una decena de aeropuertos de Europa.

Pero esta vez era distinto: Estaban, recién casados, bajo la lluvia de África.

Su cuartel general era uno de los hoteles de lujo del sur de la ciudad, junto a la playa tropical de Shelly. Allí pasaron los primeros días de descanso, entre hamacas bajo las palmeras e inmersiones junto a los arrecifes de coral. Mientras tanto, se preparaban para la gran aventura: el Parque Nacional Amboseli les esperaba con el Kilimanjaro como telón de fondo.

Cuando llegó el día de partir hacia el norte, Ana y Roberto se equiparon con su ropa de safari (¡inevitable!), un par de mochilas pequeñas y su inseparable maleta.

La experiencia desbordó todas sus expectativas. La tierra de los Maasai ha quedado desde entonces grabada en sus retinas. Imposible borrar los paisajes de contrastados ocres y azules salpicados de verde; ni olvidar la estampa de los descendientes de legendarios guerreros nómadas vestidos de coloridas telas; ni alejar de la memoria la excitante emoción de sentir de cerca la fuerza ancestral de la más espectacular fauna salvaje del planeta (cebras y ñúes, hipopótamos y elefantes, grandes felinos). Los casi seis mil metros de altitud del Kilimanjaro permanecían inquebrantables, como una magnética señal divina, en medio de la llanura.

Ana y Roberto no son los mismos desde que viajaron a África. Ya están planeando otro viaje, quizá el próximo año, a Sudáfrica. Hay veces que cierta melancolía se apodera de ellos, cuando desean alejarse rápido de la rutina y los grises problemas cotidianos. Entonces miran la evocadora pegatina de Kenia que adhirieron a su maleta más viajera, como hacían los antiguos aventureros, y sueñan con los colores de África.